Acerca de este ministerio
Lo que creo y enseño
Soy Mario Moreno, cristiano y estudiante de la Biblia. Este sitio nace de mi deseo de compartir estudios que ayuden a conocer la verdad, obedecer el evangelio y permanecer fieles a Jesucristo.
No pretendo presentar una doctrina humana ni un credo nuevo. Mi convicción es volver siempre a las Escrituras y hablar donde ellas hablan, con reverencia, claridad y amor.
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La Palabra de Dios 2 Timoteo 3:16-17; 2 Pedro 1:20-21 Creo que la Biblia es la Palabra inspirada de Dios, verdadera, suficiente y nuestra autoridad final en doctrina y conducta. Por medio de ella Dios revela su voluntad y prepara al creyente para toda buena obra. Leer estudio Cerrar
La Biblia no es una colección de opiniones religiosas. Dios habló por medio de hombres que fueron guiados por el Espíritu Santo. Por eso debemos acercarnos al texto con reverencia, leer cada pasaje en su contexto y procurar manejar correctamente la palabra de verdad.
Las Escrituras contienen todo lo necesario para conocer el evangelio, llegar a la salvación y vivir de una manera agradable a Dios. Ninguna tradición, experiencia personal o enseñanza moderna debe ocupar el lugar que pertenece a la Palabra. Toda doctrina debe ser examinada a la luz de lo que está escrito.
No basta con admirar la Biblia o escucharla cada semana. La Palabra debe ser recibida con humildad y obedecida. Cuando ella corrige mis ideas, soy yo quien debe cambiar. Mi deseo al enseñar es comenzar con el texto, explicar su sentido y ayudar a ponerlo en práctica.
Para profundizar: Salmo 119:105; Juan 17:17; Hebreos 4:12; Santiago 1:22-25
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Dios Deuteronomio 6:4; Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14 Creo en un solo Dios eterno: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Él es nuestro Creador, santo y justo, pero también amoroso, misericordioso y digno de toda obediencia y adoración. Leer estudio Cerrar
Hay un solo Dios vivo y verdadero. Él no fue creado ni depende de nadie; todo lo que existe recibió de Él la vida. En las Escrituras se da a conocer como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y obra en perfecta unidad para cumplir su propósito.
La santidad y el amor de Dios no se contradicen. Porque es santo, aborrece el pecado y juzga con justicia. Porque es amor, ofrece misericordia y abrió en Cristo el camino de reconciliación. Su bondad nunca debe usarse como excusa para desobedecerle, ni su justicia debe hacernos olvidar que está dispuesto a perdonar al que se vuelve a Él.
Conocer a Dios exige más que aceptar que existe. Debo honrarlo, confiar en su voluntad y amarlo con todo mi ser. La adoración verdadera reconoce quién es Él y se somete a lo que ha revelado, sin fabricar una imagen de Dios según nuestros gustos.
Para profundizar: Génesis 1:1; Isaías 6:1-5; Hechos 17:24-28; Juan 4:23-24
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Jesucristo Juan 1:1-14; 1 Corintios 15:3-4; 1 Timoteo 2:5 Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Vivió sin pecado, murió por nuestros pecados, resucitó corporalmente, ascendió al cielo y es el único Salvador y mediador entre Dios y los hombres. Él volverá con poder y gloria. Leer estudio Cerrar
Jesús no comenzó a existir en Belén. Él es el Verbo que estaba con Dios y era Dios, y se hizo carne para habitar entre nosotros. Fue verdaderamente hombre, conoció el cansancio y la tentación, pero nunca pecó. En Él vemos con claridad el carácter y la voluntad del Padre.
En la cruz llevó nuestros pecados y ofreció el sacrificio que nosotros no podíamos ofrecer. Su resurrección corporal al tercer día confirmó su identidad y su victoria sobre la muerte. Ahora reina a la diestra de Dios como Señor y Cristo, y por medio de Él tenemos acceso al Padre.
Confesar a Jesús como Señor no es solamente pronunciar un título. Significa escuchar su palabra, obedecer sus mandamientos y seguir sus pasos. No hay otro Salvador ni otro camino a Dios. Nuestra esperanza descansa en su obra, su autoridad y su promesa de volver.
Para profundizar: Juan 14:6; Hechos 2:32-36; Hebreos 4:14-16; 1 Pedro 2:21-24
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El Espíritu Santo Juan 16:13; Hechos 2:38; Gálatas 5:22-25 Creo que el Espíritu Santo es divino, inspiró las Escrituras y obra en la conversión y santificación del creyente conforme a la Palabra que reveló. Su fruto debe verse en una vida transformada y obediente. Leer estudio Cerrar
El Espíritu Santo no es una fuerza impersonal. Es divino, conoce la mente de Dios y participó en la revelación de la verdad. Jesús prometió a sus apóstoles que el Espíritu los guiaría a toda la verdad; por eso recibimos la enseñanza apostólica como palabra de Dios y no como sabiduría humana.
El Espíritu convence al mundo por medio del mensaje que reveló y habita en quienes pertenecen a Cristo. Su obra no se mide por el entusiasmo de un momento, sino por una vida que abandona las obras de la carne y produce amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.
Debemos probar toda enseñanza y no atribuir al Espíritu algo que contradiga las Escrituras. Ser guiado por el Espíritu significa poner la mente en las cosas de Dios, andar conforme a la verdad revelada y permitir que su fruto transforme nuestro carácter.
Para profundizar: Hechos 5:3-4; Romanos 8:9-14; Efesios 6:17; 1 Juan 4:1
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La salvación Marcos 16:15-16; Hechos 2:38; Romanos 6:3-4; 10:9-10 Creo que la salvación es por la gracia de Dios mediante Jesucristo. El evangelio llama a toda persona a oír, creer, arrepentirse, confesar a Jesús como Señor, ser bautizada por inmersión para el perdón de los pecados y caminar fielmente en una vida nueva. Leer estudio Cerrar
El pecado nos separa de Dios y nadie puede borrar su propia culpa por medio de buenas obras. La salvación nace de la gracia de Dios y fue hecha posible por la muerte y resurrección de Jesucristo. El evangelio es la buena noticia de lo que Dios hizo por nosotros cuando no podíamos salvarnos a nosotros mismos.
Esa gracia debe ser recibida con una fe que responde. La persona oye el evangelio, cree en Cristo, se arrepiente de sus pecados, confiesa su fe y es bautizada por inmersión para el perdón de los pecados. En el bautismo se une a la muerte y resurrección de Cristo. No es una obra para ganar la salvación, sino la respuesta obediente que el Señor mandó.
La nueva vida no termina al salir del agua. El discípulo aprende, crece, lucha contra el pecado y permanece fiel. La misma gracia que salva también enseña a renunciar a la impiedad. Cuando tropezamos, debemos arrepentirnos, confesar el pecado y volver al camino con confianza en la misericordia de Dios.
Para profundizar: Efesios 2:8-10; Hechos 22:16; Colosenses 2:12; Tito 2:11-14; 1 Juan 1:7-9
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La iglesia y la adoración Mateo 16:18; Hechos 2:42; 20:7; Efesios 1:22-23; 5:19 Creo que la iglesia pertenece a Cristo y es su cuerpo. Cada congregación debe seguir el modelo del Nuevo Testamento, perseverando en la enseñanza apostólica, la comunión, la oración, el canto, la predicación y la Cena del Señor en el primer día de la semana. Leer estudio Cerrar
La iglesia no es un edificio ni una organización creada por hombres. Es el pueblo que Cristo compró con su sangre y del cual Él es la única cabeza. Los que obedecen el evangelio son añadidos por el Señor a su iglesia y aprenden a vivir como una familia espiritual.
Cada congregación debe ordenar su vida conforme al Nuevo Testamento, con hombres calificados que sirvan como ancianos y diáconos cuando sea posible. La obra, la enseñanza y la disciplina de la iglesia no deben depender de una autoridad humana superior a la congregación, sino de la autoridad de Cristo expresada en su Palabra.
En el primer día de la semana los cristianos se reúnen para recordar la muerte del Señor en la Cena, escuchar la predicación, orar, ofrendar según hayan prosperado y cantar con el corazón y con el entendimiento. La meta no es entretener al público, sino honrar a Dios y edificarnos sin añadir al culto lo que Cristo no autorizó.
Para profundizar: Hechos 2:41-47; 14:23; 1 Corintios 11:23-29; 16:1-2; Colosenses 3:16
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La vida cristiana Romanos 12:1-2; Santiago 2:17; 1 Pedro 1:15-16 Creo que el cristiano debe vivir en santidad, humildad, amor y verdad; cuidar su familia, servir al prójimo, rechazar el pecado y compartir el evangelio. La fe verdadera se demuestra mediante una obediencia constante. Leer estudio Cerrar
El cristiano ha muerto a la antigua manera de vivir y ahora pertenece a Cristo. La fe se ve en decisiones concretas: decir la verdad, trabajar honradamente, controlar la lengua, perdonar, huir de la inmoralidad y tratar a los demás con paciencia y respeto.
La obediencia comienza también en el hogar. El matrimonio debe ser honrado, los padres deben enseñar y corregir con amor, y los hijos deben aprender respeto. En la congregación llevamos las cargas unos de otros, restauramos con mansedumbre al que cae y no cerramos los ojos ante el pecado.
La santidad no significa alejarnos de toda persona, sino vivir en el mundo sin adoptar sus valores. Servimos al necesitado, hacemos bien aun cuando nadie nos observa y aprovechamos las oportunidades para hablar de Cristo. Una vida transformada da credibilidad al mensaje que predicamos.
Para profundizar: Mateo 5:13-16; Gálatas 2:20; Efesios 4:25-32; Colosenses 3:1-17; Tito 2:11-12
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La esperanza eterna Juan 5:28-29; Hechos 1:11; 2 Corintios 5:10 Creo en el regreso visible de Jesucristo, la resurrección de los muertos y el juicio final. Los fieles recibirán vida eterna con Dios, por eso debemos velar, perseverar y estar preparados para encontrarnos con el Señor. Leer estudio Cerrar
Jesucristo volverá de manera visible y gloriosa. La Biblia no nos autoriza a fijar fechas ni a vivir detrás de cada rumor. El día vendrá cuando menos se espere, y nuestra responsabilidad es estar preparados y ocupados en una vida fiel.
Todos los muertos resucitarán y cada persona comparecerá ante el Señor. El juicio será justo y no habrá favoritismo. Los que están en Cristo y permanecen fieles recibirán vida eterna; quienes rechazan a Dios enfrentarán la separación eterna de su presencia.
Esta esperanza no fue dada para alimentar curiosidad, sino para producir consuelo, perseverancia y santidad. Saber que veremos al Señor nos ayuda a soportar la aflicción, ordenar nuestras prioridades y servir mientras tenemos oportunidad. Esperamos cielos nuevos y tierra nueva, donde mora la justicia y donde Dios enjugará toda lágrima.
Para profundizar: 1 Tesalonicenses 4:13-18; 2 Pedro 3:10-14; Apocalipsis 20:11-15; 21:1-4